Nació en Jadraque, pequeña villa de Guadalajara, en el obispado de Sigüenza en 1583. A los catorce años se trasladó a Sud América con su hermano franciscano. En Quito sintió con fuerza la llamada a consagrarse a Dios en la Orden de la Merced, y profesó el 2 de noviembre de 1605, cambiando su nombre por Pedro de la Santísima Trinidad. Una vez ordenado sacerdote, se consagró en cuerpo y alma en la Recoleta de Belén (Lima).
En un viaje a España trabó mucha relación con fray Juan Falconi, exponente de la mística y espiritualidad mercedaria. Hizo de su convento de Lima un centro de predicación, penitencia y dirección espiritual. Escribió diversos opúsculos, entre ellos el más conocido Modos suaves y fuertes para andar el alma importunando a Dios. Murió el 7 de agosto de 1657. El 31 de enero de 1981 fueron reconocidas sus virtudes heroicas, y declarado venerable por san Juan Pablo II.
Aunque el aspecto que más se destaca de la espiritualidad de Pedro Urraca es su capacidad de mortificación, su imagen quedaría desfigurada, porque lo que sobresale es el afán evangelizador y la propagación de la devoción por la cruz de Cristo. Este amor a Cristo crucificado se manifestó en el sufrimiento y en las enfermedades que le afligieron durante su vida. Fue un auténtico imitador de Cristo y un hombre volcado hacia los pobres y necesitados. Otra característica que define la espiritualidad de Pedro Urraca es la capacidad de la dirección espiritual, razón por la que acudían multitud de personas a recibir de él aliento y consejo, a la par que salían reconfortados por su admirable vida de imitación de Cristo.
Aún hoy, la Basílica de la Merced de Lima es lugar de peregrinación para venerar sus restos y la gran cruz con la que hacía penitencia el venerable Pedro Urraca de la Santísima Trinidad.
Señor, Dios nuestro, uno en esencia, y trino en personas, ya que tantas gracias y favores concedisteis a vuestro siervo Pedro, infundiéndole profundo amor hacia los misterios adorables de la Trinidad, Pasión de vuestro divino Hijo y excelsa pureza de María; concédenos, te lo pedimos por vuestra infinita misericordia, el poder obtener de la santa Madre la Iglesia que este siervo vuestro sea elevado a la gloria de los santos y nos pueda servir de modelo en el amor hacia estos sublimes misterios de nuestra fe. Por Jesucristo nuestro Señor. Amén.
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