«En nuestra oración, los mercedarios vivimos la presencia de María, la Madre de Jesús que preside e inspira nuestra plegaria y con Ella – que sobresale entre los humildes y pobres del Señor – glorificamos a Dios e imploramos sus misericordias, alabamos su justicia con los poderosos y tratamos de imitarla en su unión con Él en el ofrecimiento de la propia vida» (COM, 56).
«Una noche entre otras, estaba Nolasco en el coro. Sonó la hora de maitines: los religiosos se habían dormido. Cosa rara y desacostumbrada en aquellos santos varones. El cielo, sin duda, así lo había permitido. Si dormidos estaban los cuerpos de sus religiosos, más dormida tenía el alma Nolasco en brazos de la contemplación. Pero ¿podía permitir Jesucristo que, en el coro de la Merced, no se cantaran a su Madre las acostumbradas alabanzas? No, no podía permitirlo. Mientras los religiosos dormían, Nolasco vio entrar en el coro, a la hora de maitines, lucida comunidad de ángeles vestidos de mercedarios. De dos en dos iban entrando, hacían su genuflexión ante el Santísimo y se dirigían a su sillón en el coro. Al final entró el superior, y el superior era la misma Reina del Cielo, también con sus hábitos blancos.
Ocupó Ella la silla del medio como presidente; cantó con dulcísima voz: Domine, labia mea aperies; contestándole el coro angélico: Et os meum annuntiabir laudem tuam.
Siguieron la divina salmodia, y Nolasco, reclinado en el regazo de su Madre, salmodiaba también extasiado.
Se acabaron los maitines, se fue la comunidad angélica como había venido, y quedó Nolasco sumido en las más celestiales alegrías.
Desde entonces, en todas las casas de la Merced, hay en medio del coro una silla y en ella una imagen de Nuestra Madre presidiendo».
Manuel Sancho, Flores Mercedarias, 24-25.
María, Madre de la Merced, que reúnes todos los días a tus hijos para la oración como hiciste con los discípulos en el cenáculo de Jerusalén. Con ellos mantuviste la esperanza en la venida del Espíritu, y estuviste atenta a los inicios de la iglesia; hoy te pedimos que mantengas unidos a tus hijos, que te invocan como Madre, para que vivan la esperanza de un nuevo pentecostés y con la fuerza del Espíritu, y sin miedo, sean los apóstoles del siglo XXI y salgan a los caminos y mares del mundo a ser mensajeros, portadores y mercaderes de libertad.
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